Columna. INFATUACIÓN MORAL (Agustín Squella)

Comentario previo: Una muy lúcida columna de unos de mis favoritos a la hora del desayuno los días viernes: don Agustín Squella.
Pretenderse moralmente superior, pretender enjuiciar éticamente al resto como un ejercicio diario permanente; resulta ser una situación cotidiana que rige la vida de la mayoría de nosotros.
Miguel Ángel Merino


Columna. INFATUACIÓN MORAL (Agustín Squella)




Fatuidad" es una palabra que remite a una presunción o vanidad infundada, incluso ridícula, que alguien ostenta ante los demás. En tal sentido, existe una fatuidad intelectual, una social, otra económica, según si aquello de lo que se presume guarda relación con uno u otro de esos aspectos. De más está decir que individuos fatuos, presumidos, repletos y ostentosos de sí mismos en cualquiera de tales aspectos resultan siempre difíciles de soportar, sobre todo cuando su ostentación es manifiesta, deliberada, consciente, reiterada, casi la carta de presentación con la que van por la vida. Da igual si el infatuado tiene o no la situación o las condiciones de que presume: su briosa altanería agobia a sus semejantes.

Hay también una fatuidad moral, o sea, la presunción de ser poseedor de verdades morales de las que otros carecen y a los que el engreído moral considera urgente acercarse para iluminarlos y mostrarles el camino que deben seguir en cada una de las encrucijadas en que la vida pueda ponerlos. Así como otros se exhiben como privilegiados desde el punto de vista de su capacidad intelectual, su posición social o su situación económica, los sujetos moralmente fatuos se consideran depositarios de verdades morales ajenas a toda duda y se sienten llamados a transmitirlas y hasta a imponerlas a los demás. Un individuo moralmente infatuado no busca el diálogo para cotejar y eventualmente cambiar o corregir sus creencias de orden moral, sino que se acerca a sus semejantes para convertirlos a sus propias convicciones en este campo. Es fácil que un sujeto moralmente fatuo se transforme en un fanático, en alguien que fracasa en su intento por transformarse en tutor moral de los demás y que, ofuscado por la ceguera de su prójimo, proceda simplemente a eliminar a este. La historia pasada y presente de la humanidad abunda en ejemplos a este respecto.

Pero hay otra manifestación de la fatuidad moral, menos agresiva, pero igualmente insoportable para cualquier persona adulta que tenga que hacerle frente. Me refiero a la presunción que consiste no en ser poseedor de verdades morales reveladas que transmitir a los demás, sino en sentirse éticamente superior al resto, algo así como un ejemplo de vida que los demás deben seguir, un sujeto moralmente intachable o que cree poseer un discernimiento moral prodigioso que poner al servicio de los demás, y que se adjudica el derecho a transformar todos los temas en problemas morales y, por tanto, en una oportunidad para emitir enjuiciamientos éticos a diestra y siniestra, casi siempre condenatorios, como si todos quienes escuchan sus palabras lo hubieran investido de una vocería moral vitalicia.

Ese segundo tipo de fatuidad moral está volviéndose cada vez más frecuente entre periodistas, columnistas de opinión, y panelistas y conductores de programas de televisión. Para algunos de ellos, todos los hechos que analizan y las informaciones que transmiten tienen siempre un grave contenido moral que debe ser enjuiciado de la exacta manera en que ellos lo hacen. Un periodismo exageradamente normativo, podría decirse, en el que la severa posición editorial de quienes lo hacen antecede incluso a la mención clara y completa de los hechos que la motivan. Es como si un diario pusiera su editorial en la primera página y los titulares con las noticias en páginas interiores. Un periodismo que se siente poseedor de un especial discernimiento moral que poner al servicio del público. De más está decir que cualquier columnista -incluido el que ahora escribe- puede sucumbir a la tentación de creer que lo que los lectores, radioescuchas o televidentes esperan no son análisis, sino prédicas, como si una súbita minoría de edad moral hubiera caído fatalmente sobre ellos.

Podríamos frenar el avance de ese fenómeno reparando en que, por fortuna, no todo lo que ocurre tiene siempre relevancia moral. No todo cae necesariamente en el ámbito de la moral social o de la moral personal, de manera que haríamos bien en liberarnos de la carga que significa estar dando a cada rato juicios morales sobre la conducta privada o pública de los individuos. Antes de decir cómo deben pensar moralmente los demás, es preciso aclarar bien sobre qué es lo que vamos a pensar desde un punto de vista moral. Es así como descubriremos que no todo cae bajo la esfera de la regulación moral y que nadie tiene una condición moral tan sobresaliente como para alardear ante los demás. (fin)

Agustín Squella.